lunes, abril 16, 2012

El aparatito Lumiere GRUPO 7


 

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Últimamente el cine español ha descubierto un filón en el cine negro realista como ya lo demostró uno de los éxitos de crítica y público del pasado año, No habrá paz para los malvados de Imanol Uribe y cada vez con mayor convicción se adentra en terrenos del género policial más que correctamente ambientados en la idiosincrasia social española y en el turbio mundo delictivo hispánico y su respuesta desde las siempre en entredicho instancias policiales de esta península. Grupo 7 es otra buena muestra del nuevo cine policial español, una película cuerda, verista y también bastante tremebunda que fija su atención en las actuaciones de un cuerpo policial más o menos de élite en la Sevilla pre Expo 92 a finales de los 80 y principios de los 90, cuando la policía trató de acabar a marchas forzadas con el tráfico de droga en los barrios suburbiales hispalenses y así dotar de mejor cara a la capital andaluza ante tal magno evento. Con un planteamiento muy naturalista, casi de cine verité (esta rodado en auténticos barrios marginales de Sevilla y presumiblemente con varios de sus habitantes en roles de figurantes) y una estética sucia y nada glamourosa a lo que no es ajena el más bien desaliñado look de los cuatro polis miembros del Grupo 7, la película descansa en un argumento nada lineal y más bien minimalista (esta sustentada casi exclusivamente en el McGuffin de la peculiar guerra del Grupo 7 contra la droga) aunque varios pequeños matices argumentales que aumentan el interés narrativo del filme y ayudan a reforzar un guión interesante e inteligente pese algún que otro artificio del cine negro más comercial y lugares comunes del género bastante manidos.
  
El director Alberto Rodríguez ha sabido manejar con mucha precisión – pese a algún fallo- materiales muy golosos y delicados y ha logrado un filme de fuertes emociones que evoluciona como una montaña rusa y que en muchos momentos no da respiro al espectador. La consabida dosis de violencia física y verbal que se le presupone a este tipo de cine está muy bien dosificada y si bien en Grupo 7 la violencia esta tan omnipresente que da la constante impresión de que en cualquier momento va ocurrir algo fortuitamente (una explosión, un disparo, una hostia, una huida) no se puede decir que se trate de una película de visión incómoda. El reparto, además, cumple con creces y las interpretaciones son más que notables aunque a fin de cuentas solo haya dos actores con papeles bastante destacadas: Antonio de la Torre (Gordos, Muertos de Risa) como Rafael, poli veterano amargado y desencantado que cumple su misión con abrumadora visceralidad, y Mario Casas (El camino de los ingleses, la serie de tv Los hombres de Paco) como Ángel, el policía joven, trepa e inicialmente idealista que se toma la misión del Grupo 7 como un elemento básico en su vida mientras toma como ambigua referencia a la figura de su compañero Rafael, con el que parece mantener una relación de amor-odio. El resto del reparto, a parte de la cada vez más en alza Inma Cuesta y un Julián Villagrán (Extraterrestre) que se sale en el papel de un peculiar yonki confidente, esta conformado por actores desconocidos y prácticamente debutantes que lo bordan. Al final de la película, quedan claras las verdaderas intenciones de esta: mostrar la incierta línea que separa a los héroes de los villanos y lo difícil que es en algunos casos distinguir entre lo que está bien y lo que está mal si se atiende únicamente a la finalidad de la acción. Y en ese sentido, y en muchos otros, Grupo 7 cumple con sus objetivos y muestra que en el cine español hacer una buena película es más fácil de los que se piensa si se parte de buenas historias. 

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